OTRO DÍA MÁS

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Como todas las madrugadas, inmóvil junto a la ventana, ve como las primeras luces del alba se llevan la negrura estrellada del cielo transformándolo en un manto plomizo, indiscutible anunciante de la lluvia que está por acaecer.

El entumecimiento de sus extremidades y sus ojos, secos y cansados, denotan las horas que lleva en vela. Escasos segundos son los que su mirada abandona la calle para ojear el despertador que, con grandes y rojos números, le ata al presente.

Pronto sonará la irritante y condenada alarma anunciando el comienzo de un nuevo día en su perfecta vida. A las siete en punto, como todos los días durante los últimos cinco años, lucirá el disfraz que, al igual que en el cuento “El traje nuevo del Emperador”, solo es visible ante sus ojos; ese que lo convierte en un hombre responsable, un marido cariñoso y un buen padre.

Pero es aquí, junto a la ventana y en las horas de oscuridad, donde permite que su mente divague entre recuerdos, observándola dormir en el mismo banco de siempre. Evocando esa vida que compartió junto a ella y que él dejó atrás. Reviviendo en su memoria un pasado que ya es anecdótico para él y que para ella sigue siendo su amargo presente.

Siente un nudo en el estomago producido por la culpa, incluso nota en la garganta el gusto amargo de la traición. Solo encuentra algo de consuelo cuando es arropado por la penumbra que la luna confiere, difuminando esta su alevosía. Se repite todos los días que la decisión que tomó fue la correcta. Que hizo bien aprovechando la oportunidad, aferrándose con uñas y dientes a esa mano que le tendieron. Siempre se reitera una y otra vez, como si fuese un mantra destinado a salvar su alma, que no se ha olvidado de ella, que solo está esperando el momento adecuado, esa ocasión en la que será lo suficientemente fuerte para tenderle su mano. Pero sabe que se miente a sí mismo.

La quiso mucho y todavía alberga un cariño especial hacia ella, sin embargo no es superado por el afán de proteger su privilegiada posición. Jamás contará a su esposa y su adinerada e influyente familia su pasado y precisamente ella es parte de él. Un pasado que mantendrá oculto y enterrado a toda costa para preservar su acomodada vida.

No puede hacer nada por ella sin arriesgar todo lo que tiene, por lo que nunca hará nada y, a pesar de ello, cada noche se acerca a la ventana a esperar que ella ocupe ese banco y así constatar que ha resistido otro día más sin vestir ningún disfraz.

La observa mientras ella se evade del mundo que él, cuando apenas eran unos críos, le mostró y del cual todavía ella es víctima. Encerrada entre barrotes invisibles al ojo humano, pero tangibles dentro del universo que ha creado para sobrevivir, convirtiéndose en prisionera de su propia alucinación.

La contempla impertérrito durante horas hasta que ella despierta y, con la barbilla alta haciendo frente con valentía al miserable destino que le ha tocado vivir, se marcha a encarar sus miserias.

Otro día más ella vagará por las frías calles de la ciudad, ataviada con su abrigo negro sobre su cuerpo casi desnudo y unos zapatos de tacón que se quitará para no destrozar. Volverá a sentarse en cualquier acera mojada junto a un llamativo escaparate, resguardándose de la lluvia, a la espera de unas cuantas monedas. Observará a la gente pasar ajena a ella; solo cuerpos sin alma dentro de la fantasía forjada por su mente y en la que llevaba viviendo desde los diecinueve.ClickHandler.ashx

Otra noche más las luces de la ciudad se encenderán y la noche fría se apoderará de esta; y ella, como alma en pena, volverá a su solitaria casa con el cuerpo mojado y unas monedas en el bolsillo que le servirán para comprar unas medias nuevas y algo de maquillaje para enmascarar su rostro hundido y marchito.

Más tarde, frente al espejo, ella, recogerá su pelo negro, retocará el maquillaje y se vestirá con tan solo unas bragas que discordarán en color con el corsé, haciendo que las miradas se centren en esa parte de su anatomía y no en su cara ajada prematuramente. Cubrirá sus largas piernas con unas medias de rejilla, esconderá su usado cuerpo bajo su único abrigo y se preparará para sentir esas manos extrañas que, por un poco de dinero, tocarán lo que una vez fue solo suyo. Saldrá a la caza de esos hombres que pagarán ese viaje que la llevará hasta él; porque, a pesar de los años, sabe que ella no se resigna y sigue intentando alcanzarle.

Un coche parará en mitad de la calle y con ansiedad se subirá en él, codiciando que llegue el momento de recibir su pago y comprar esos gramos de los que su cuerpo es esclavo. Aguantará las caricias no deseadas y se someterá al capricho de otro para conseguir el suyo propio. Y cuando tenga en las manos esa quimera blanca, arrastrará su cuerpo sin voluntad hasta este banco helado frente mi ventana. Donde permitirá que el veneno entre en ella, la envuelva y la traslade hasta ese tiempo donde juntos surcábamos el mundo, cogidos de la mano. Tan solo quiere ir hasta ese lugar donde no hay facturas que pagar, ni mono que saciar, ese lugar donde el velo que nos separa no existe.

La llama del mechero, otra noche más, encenderá su interior y una efímera felicidad la llenará por completo. Dejará de sentir el frio, solo percibirá como queman sus pulmones, se seca su boca y sus ojos, vidriosos por la adicción, dejan escapar las lágrimas que lleva tanto tiempo reprimiendo. Alzará sus manos en un intento por alcanzarme, pero seguirá existiendo ese velo entre nosotros, visible a las miradas, palpable en nuestras almas. Se tumbará sobre el rígido y solitario banco y cerrará los ojos. La lluvia caerá sobre ella y al resbalar por su piel creerá que esta es capaz de llevarse todo lo que nos separa. Su mente volará hacia esta habitación cálida, imaginando que nuestros cuerpos desnudos podrán atravesar el velo para al fin poder tocarnos.

Mirándola inerte e inofensiva, acurrucada en el banco, sé cuál es la fantasía que lleva proyectando en su mente todos estos años, pues hubo un tiempo que la compartimos, pero ella también sabe que solo es producto de sus anhelos, una fantasía inalcanzable; son ya muchas las noches que ambos nos hemos observado desde la distancia sin hacer nada.

Un pinchazo en la pierna derecha me saca de mi estado de trance y vuelvo la vista hacia ese despertador que parece ser que hoy se confabula contra mí, haciendo mi agonía mas larga. Los números, los cuales parecían vigilarme en la oscuridad, ya nada intimidantes me anuncian que son más de las ocho de la mañana; he estado tan sumido en mi decadencia que he llegado a olvidar que hoy es Domingo. Ante esta certeza me arrolla otra, ella no debería estar tumbada en el banco a estas horas, ya es completamente de día.

La comprensión hace que un escalofrío recorra mi cuerpo. Por un segundo mis piernas fallan y mi respiración se atora en mis pulmones, pero pronto mis sentidos se recomponen, excepto uno, mi vista no se ha recuperado. Veo su cuerpo túrbido y en un intento desesperado parpadeo intentando aclarar mi vista y es cuando siento el correr de las lágrimas por mis mejillas y su gusto salado sobre mis labios; labios que ahora se curvan.

Arrastro silenciosamente mi cuerpo hasta la cama y con cuidado me tumbo junto a mi amada compañera. En unas horas despertaré en mi solida y tranquila vida. En el confort de una cálida cama, pues supe romper ese invisible velo que nos apresó a ambos cuando apenas teníamos diecinueve, sin embargo ella; a ella la encontrarán en ese banco con los labios morados, la cara pálida y el cuerpo yerto cubierto por la gélida caricia del rocío, el cual dotará a su piel de esa tersura y belleza que hace tanto perdió.

Hoy por fin, allá donde esté, su sueño se hará realidad. Ya no abran más hombres extraños tocando su cuerpo, ni más días atada a una pipa de cristal.

Hoy por fin, aquí donde estoy, mi sueño se hace realidad. Ya nada me ata a ese turbio pasado, podré desterrar de mi mente el miedo.

No puedo evitar que otra vez las lágrimas corran por mi cara y tapo mi boca con el puño deseando poder contenerme. Apenas me muevo en la cama, no quiero despertar a la persona que duerme plácida e inocentemente junto a mí, pero egoístamente busco consuelo en su cuerpo desnudo. Aparto las sabanas y musitando un lastimero, — ¡Lo siento, preciosa!—, abrazo apasionadamente el calor que hará que mi cuerpo trémulo se calme otro día más.

DEPRAVACIÓN

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Ya no oigo lo gritos espeluznantes, hasta ahora tan bien avenidos en esta pesadilla, los cuales al escapar de mi garganta me anclaban a la realidad. No siento el miedo que había corroído mis entrañas días, horas o posiblemente minutos atrás.
Solo el aroma putrefacto, de mi extremidad amputada, llega a mis fosas nasales mezclada con el hedor a heces y orín imposibles de retener en mi cuerpo torturado.
Ahora esa parte de mi cuerpo que he mostrado con orgullo, vistiendo vestidos cortos y luciendo el tatuaje con mi nombre en letras élficas, eterno recordatorio de los tiempos en que llegué a creer en seres mágicos, se pudre en un rincón impidiendo cualquier atisbo de ser identificada.
Pensándolo bien estoy segura que  no han sido minutos ni horas las que, encerrada en este lugar inmundo, he sufrido la agonía del dolor. Muchos días, probablemente meses, son necesarios para que la carne humana se descomponga y emane ese olor característico al que mi cuerpo ya se niega a sucumbir; por lo menos eso creo recordar de mis ya tan lejanas prácticas forenses.
Mis manos carecen de uñas, mi cuero cabelludo se desprende de mi cráneo como lo hace la piel de un plátano al ser pelado y mi carne está surcada por pequeñas y expertas laceraciones que recrean un cuadro abstracto y bello a los ojos de su artista, el cual con afán decora mi piel con pinceladas de sadismo.
Mi cuerpo ya no me pertenece, aunque realmente no lo hace desde el mismo instante en el que la oscuridad se apoderó de mí; una vez despierta mi mente fue mi única posesión,  un ínfimo bien que ahora me hace abrazar el deleite del dolor.
Unas suaves caricias hacen que un escalofrío recorra mi cuerpo, momentos antes de sentir como es eviscerado, y un enorme frío se apodera de mi cuando las tripas son despojadas de mi vientre, creando una exhalación que escapa de mis labios; un magnifico resuello que asevera que lo que siento solo es comparado al placer y éxtasis del orgasmo, transportando mi mente a un lugar maravilloso.
Una sonrisa aparece en mi rostro, para ser borrada por un puño que hurta mis sentidos como un ladrón arrogante; ya no mas olores ni sonidos, no mas sentir o ver, apenas el sabor de la sangre es procesado en mi perturbada mente y pese a ello, como escrito con luces de neón,  la verdad me arrolla; a él lo tortura.
Ahora me mira como una igual, sabe que su dolor me excita. Soy el faro que ilumina las penumbras de su decadencia, le he devuelto la vida, esa que hace tanto perdió en su mundo de virtud y rectitud.
No puedo oír sus jadeos junto a mi oído, ni aprecio su aliento de olor a menta cerca de mi piel. Tampoco  siento mi sexo cuando es llenado, no obstante, sé que lo que lo profana ya no es un objeto metálico, ahora es su pequeña, infecta y muerta polla la que, rendida ante la grandeza de su hallazgo, también se une a la perversa escena.

SOY LIBRE

Recorro las calles con la oscuridad como única y fiel aliada. Los  latidos de  los images (4)vivos corazones, reverberan en mi mente como cantos de sirena. Una bella melodía que me conduce hacia ellos, que me guía hasta un mar de suculentos cuerpos.

Camino sin máscara que me oculte, mostrándome ante ellos como lo que soy, un depredador; un asesino al que alabarán por su magnífico disfraz. Seréis presas fáciles, no habrá temor en las miradas, sólo almas confiadas.

Hoy, cuando lo vivo se aúna a lo muerto y el fino velo haya caído, danzaremos de la mano. Yo os cazaré, seres incautos. Los gritos de terror serán acallados por las risas y las súplicas ignoradas, un magnífico regalo que vendrá de vuestra mano.

Esta noche, donde nada es lo que parece y lo que parece no creéis que sea posible, seréis mi delicioso sustento. Saciaré mi sed con vuestra sangre, mi deseo con vuestros cuerpos y vuestros fríos labios alimentaran mi alma con estertores y jadeos.

Mi hambre será vuestra condena; mis colmillos, juez, jurado y verdugo. Luciré la esencia de vuestras vidas sobre mi cuerpo, manchando mi rostro, empapando mi ropa de rojo y la exhibiré ante vuestros ojos con orgullo.

Y cuando esta noche pase, y haya teñido las calles de muerte, volveré a la jaula velada que me mantiene oculto, seré de nuevo eterno prisionero de mi maldición. Pero eso será mañana…

Esta noche… soy libre.

 

 

ETERNA CONDENA

La rabia bulle en mi interior envenenando cada parte de mi ser; esa rabia que sería normal sentir si no fuese porque, en mí, nace de un sentimiento equivocado, ponzoñoso.

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Lo supe en cuanto los vi. Los dos allí sentados, acaramelados, seguros de estar afianzando sus sentimientos, probando por primera vez las mieles de la provocación, degustando el dulce sabor de lo censurable.

 

 

Ella, nerviosa por esa mano que se deslizaba por su muslo de piel satinada; él, excitado por ponerla caliente y hacerla sonrojarse sin ella poder evitarlo.a provocación, degustando el dulce sabor de lo censurable.

La cara de ella mostraba las ganas irrefrenables de apartar esa mano y acabar con todo; la de él, dejaba bien claro que se había puesto duro pensando lo que haría más tarde en la clandestinidad de algún lugar solitario.

Y frente a ellos, en mi propio cuerpo una parte de este, ausente y extrañada durante mucho tiempo, cobra vida; y no se debe a que, desde mi posición, unos labios perfectamente rasurados asoman por las bragas ladeadas de ella. Tampoco por el movimiento de su hombro que delata la posición de su mano bajo la manta y el trabajo que esta hace sobre la erección del chico. No, se debe a esa mirada que ella le profesa. Mirada de deseo, libidinosa, mirada que mi depravada alma ansia ver en sus ojos cuando me mirara a mí.

Con un simple “Buenas noches” me despido y encamino hacia mi despacho a auto flagelarme por ser un pervertido; es lo que llevo haciendo este último mes, morirme por dentro por ese sentimiento prohibido que se niega a abandonarme.

Una vez recluido en la abadía de mi decadencia, bajando la cremallera dejo que mi enhiesto pene encuentre la libertad. Es tanto el tiempo de no sentir el cálido y suave tacto de mi polla dura en las manos, que al envolver fuertemente los dedos, esta llora dejando una única lagrima perlada.

Cierro los ojos y busco en mi memoria esa imagen de ella que me servirá para masturbarme. Son esos momentos robados, cuando ella no se percata que la miro, los que se quedan grabados en mi retina. Ya no es mi mano la que se desliza lentamente por mi miembro, sino la de ella, delicada, suave. No es mi pulgar el que frota mi glande sensible, es su lengua rosada quien recoge el sollozo de mi falo y lo extiende. Mi mente ha sucumbido y es la boca de ella la que ejerce presión llevándome a alcanzar un placer inigualable como jamás he sentido. Su sátira mirada dirigida a mí, impúdica y obscena, el desencadenante de sentir en mi mano la ardiente y espesa liberación de mis anhelos.

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Abro mis ojos y las lágrimas escapan de ellos cuando veo en la pantalla del portátil la imagen, que noche tras noche, me ancla a la realidad. Yo soy ese hombre sostenido por el ángel de la depravación: sus garras el yugo de mi ser corrompido, su beso la condenación de mi alma y mi eterno sufrimiento la pena que he de pagar.

En la penumbra que la noche otorga, mi alma, como rama quebrada se halla. La soledad y desaliento me envuelven. Un manto de dolor pesa sobre mi corazón. El sentimiento que mi ser alberga bulle en mi interior envenenando cuanto toca a su paso. Me engulle tu recuerdo, nubla mi razón, creyendo por momentos que no sobreviviré a esta perversión; pero las sombras de la noche se irán, desaparecerán. La luz del alba cordura consigo traerá y será entonces cuando mi corazón corrompido, cual ave fénix, resurgirá de sus propias cenizas y blandirá su amor por ti; el honesto, el único a sentir… el paternal.

DULCE CONDENA

Atracción, fascinación, tentación en su estado más primitivo es lo que provoca mi presencia. Incitación a lo prohibido, a la lujuria, al placer. Despierto sus deseos, anhelos disimulados bajo capas de falsas conductas. Sus pasiones reprimidas afloran como un mar de ansiedades insatisfechas. Sus cuerpos en mis manos son arcilla maleable; mío es el poder de crear criaturas ávidas por satisfacer sus apetitos. Sometidos al éxtasis, rogando por mi toque, embargándose con su libre albedrío exentos de culpa. Espíritus puros vencidos por el delirio, extenuados por el mayor de los placeres… la rendición. Pletóricos, saciados y satisfechos. Sus pasiones latentes, en los más recónditos y a veces olvidados rincones de sus almas, son liberadas y con ellas la bestia indómita que los guía hacia su propia condenación.

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Un mundo  de éxtasis y placer se ha abierto ante mí; una espiral de sentimientos que embarga mi cuerpo y satura mis sentidos. Ansío más de estas criaturas deseosas de placer, de estos seres rendidos a la emoción de sus impulsos. Las tentadoras exhalaciones de satisfacción escapando de sus labios son como una droga que corre por mis venas enviándome directo al nirvana, convirtiéndome en un adicto desesperado por disfrutar del próximo chute. Quiero más. Nunca tendré bastante de esa abierta lujuria que evidencian sus pupilas dilatadas, de sus cuerpos trémolos y anhelantes, de la libertad de sus espíritus cuando son arrollados por el exquisito orgasmo. Soy un alma sedienta rodeada por un océano de cuerpos ensortijados los cuales me brindan la ocasión de saciar mi sed. Un espíritu hambriento ansioso por devorar los placeres de la carne, esos que ellos gozan y a mi ofrecen.

Tan solo deseo encontrar el sosiego en esta nueva vida, que aunque corta, pues pronto vendrán a mi encuentro, ambiciono disfrutar sin mesura. Eso es lo que busco en este lugar que debería ser de culto. Un templo en el que la esencia elemental del ser humano flota en el ambiente trayendo consigo el delicioso aroma de la unión de los cuerpos. Donde las respiraciones aceleradas, acompasadas, sincrónicas, son la bencina que pone en marcha mi apático ser. Donde látigos y cadenas  no dañan ni esclavizan, sino liberan y excitan. Su desinhibición sexual calienta el gélido corazón del que he sido dotado, bombeando este el líquido vital a través de mi cuerpo, congregándose en un órgano que se alza con ímpetu recordándome lo que ahora soy, un caído.

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Recorro el pasillo en penumbras que me guía a mi ansiado destino, impetuoso y desafiante como lo hiciese en el pasado por los caminos del  averno, aun sabiendo que será mi perdición. Varias puertas son las que flanquean mi paso. Encierran tras ellas fantasías, fetiches,  perversiones y vicios inconfesables que aquí se hacen realidad, pero solo una de ellas guarda tras de sí el mejor de los regalos. Solo una confina entre sus paredes de piedra la pureza que mi alma envilecida necesita subyugar hasta la extenuación.

Mi andar cada vez se vuelve más apremiante. El roce del pantalón sobre mi talle erecto envía ráfagas de placer por todo mi cuerpo, erizando mi piel, haciendo que mis piernas comiencen a flaquear. Me dejo arrollar por la anticipación, doy la bienvenida a la dicha divina de sentir; cedo al deseo como lo hace la manilla bajo mi mano.

Un escalofrío recorre mi cuerpo al cruzar el umbral de la puerta. El está aquí, siento su presencia. Frente a mí. Al amparo de las sombras que otorga el foco de luz cenital que pende en el centro de la estancia, el cual solo ilumina una gran cama de impolutas sábanas blancas sumiendo el resto de la mazmorra en la oscuridad.

Por unos segundos me dejo embargar por la paz y serenidad que mi querido hermano infunde en mí, tentándome con su silencio al arrepentimiento; silencio que es roto por la casi imperceptible plegaria eufónica que escapa de los labios de la bella joven encadenada a mi diestra.

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Su mera presencia aviva mi necesidad y un estado de euforia me arrolla sin poder evitarlo.

 

No quiero evitarlo.

 

 

 

La premura por gozar del tacto de su delicada piel de Sara bajo mis manos hace que urja en mí la necesidad de acortar la distancia que me separa de tan bello ángel. Un torbellino de emociones recorre mi interior cuando, por fin, me dejo arrastrar por mis instintos y mis manos encuentran la dicha de su piel.

Sincera felicidad siento al tocar sus pechos turgentes. Suprema satisfacción al hacer que sus suaves pezones rosados se endurezcan renaciendo como encarnados guijarros bajo las yemas de mis dedos. Cruda necesidad por devorarlos como hizo Adán con la fruta prohibida del Edén. Arrogancia y superioridad al arrancar de sus carnosos labios un gemido de placer cuando mi boca se amamanta de su brote enhiesto, reverberando éste en la diáfana estancia, penetrando en mí, poseyendo cada ínfimo rincón púdico que mi alma aun pudiese albergar y el cual a partir de ahora llevará la mácula del pecado. Deleitándome y regodeándome como el más vil de los seres con la provocación que suscita mi lengua entre sus pechos, en su cuello, creando un mojado y ardiente camino hasta sus carnosos labios.

Ahora sé porque se nos ha vetado esta dicha a lo largo de los siglos, nunca sentí tal dominio en mi vacía existencia. Ni al blandir la espada en su nombre, ni al impartir la tan sobrevalorada justicia divina, me he sentido tan poderoso como al obtener la gloriosa rendición de uno de sus hijos.

Me despojo de las ropas que encierran el animal indómito en el que me trasforma el deseo. Mi cuerpo de palidez marmórea, músculos cincelados y espíritu aterido es engullido por el fuego de la pasión. Consumido por miles de llamas que a su paso convierten lo que un día fue honestidad y castidad en amargas cenizas. Solo hay un propósito para mi, dominar, someter, poseer.

Me abalanzo sobre ella como un animal famélico sobre su moribunda presa y enmarcando su rostro con ambas manos devoro su boca como sí me fuese la vida en ello, sin delicadeza, sin compasión. Mi lengua penetra en su boca con la misma ferocidad que mi pene, duro como alabastro, desea hacerlo en su sexo. Nuestras lenguas se enroscan en un baile salvaje, se avasallan y a la vez se dan tregua, saboreando  al unísono el deseo que nos ciega, silenciando los gemidos con nuestro beso, bebiendo ambos de la dulce pasión que sentimos.

Mis manos vagan por el contorno de su cuerpo en busca del tan ansiado lugar en el que mi polla suplicante desea morar. Acaricio sus pechos, su estrecha cintura, sus redondeadas caderas y su firme vientre hasta que se pierden entre sus piernas, encontrando el tan ansiado tesoro bañado por las mieles de su deseo. Mis dedos se impregnan de su esencia, resbalan por sus pliegues en una lenta caricia que a ella le hacen gemir y a mí perder la cordura. Clavando los dedos en el interior de sus muslos la obligo a separar sus piernas y presiono mi duro, anhelante y dolorido pene contra su sexo mojado. La fricción de piel contra piel, carne contra carne es sublime. Mi respiración se acelera, mi pulso se desboca y sus sollozos de placer son un canto celestial  comparable al escuchado tiempo atrás en los cielos cuando mi glande tienta su entrada.

El rostro de la Sara, mezcla de incredulidad y admiración, me desvela la cercanía de mi hermano incluso antes de sentir su cuerpo tras de mí. Antes de notar su cálido aliento lamer mi piel, erizando cada vello de mi cuerpo y haciéndome estremecer.

—No lo hagas Miguel. No condenes su alma pura ni mancilles su virtuoso cuerpo. Ella es uno de los bendecidos, un elegido.

Sentimientos encontrados danzan en mi interior: alegría de que mí amado Rafael haya sido enviado y no un ángel ejecutor y a la vez pena, pues será a él a quien tenga que dar muerte sino sucumbe a la tentación, al divino éxtasis.

Una protesta escapa de los labios de la dulce criatura encadenada cuando la privo del placer de mis caricias y, con una delicadeza hasta ahora nueva para ambos, la libero de sus ataduras para posicionarme tras de ella sosteniéndola contra mi anhelante cuerpo. Enredo mi mano en su cabello y tiro de él hasta dejar su cuello expuesto a mis labios mientras pródigo tortuosas caricias a su sensibilizado y duro pezón.

—Mírala mi amado Rafael. Mira a esta inocente criatura que ha sido señalada por su dedo. Negándole con ello el derecho a la vida que él mismo le otorgó, despojándola de su libre elección, esa en la que tanto él se ampara. Siente su deseo como yo lo siento, su necesidad de entregarse a mis caricias.

Una exhalación de placer nos es regalada cuando mi mano se posa en su sexo y presiono su clítoris inflamado.

—Que no debo hacer según tú, ¿Librarla de un destino como fue el mío y sigue siendo el tuyo?

La dulce Sara en mis brazos se rinde al éxtasis cuando mis dedos penetran en su sexo y comienzan una danza primitiva que es acompañada por el movimiento de su cuerpo.

Sus pequeñas manos buscan frente a sí el afianzamiento que la mantenga en pie, encontrándolo en los anchos hombros de mi amado Rafael. Ante su desesperado toque la inmaculada piel de mi hermano se perla de sudor, su alma se resiste, pero su cuerpo sucumbe y su falo, hasta ahora inerte, se endurece y alza en toda su grandeza equiparándose en magnificencia a sus blancas alas.

Los delicados y suaves sollozos flotan en el ambiente como una melodía divina que nos transporta a los tres al paraíso de los sentidos. Somos envueltos por nuestras respiraciones arrítmicas y aceleradas, arrollados por el aroma embriagador de la liberación de la hembra entre nosotros.

Como un muñeco al que le han sido cortadas las cuerdas, el cuerpo laxo de Sara, descansa contra mi torso, la alzo y la traslado a la cama.

Con paso firme acorto la distancia que me separa de mi hermoso Rafael, manteniéndonos la mirada, azul contra negro, claridad contra oscuridad. Su rostro de rasgos cincelados acelera mi corazón, temo que este deje de funcionar. Su cabello negro como el ala del cuervo cae sobre sus anchos hombros resaltando sobre su nívea piel. La necesidad de tocarlo obnubila mi raciocinio y sin apenas pensarlo trazo con mis dedos un camino sinuoso a lo largo de su torso, lento y suave hasta su pelvis, delicado y sutil sobre pene. Bella inocencia es su rostro de grandes ojos cerrados y tentadores labios entreabiertos. Sincera dádiva su cuerpo desnudo y puro, timorato por el deseo, ávido de mis caricias.

Lo marco con mi calor. Lo mantengo contra mí, mis manos son grilletes en sus caderas. Aferro su apretado y firme trasero clavando mis dedos en su carne, levantándolo, apretándolo contra mi cuerpo mientras mis caderas se mueven, trabajando mi erección con un suave movimiento deslizante entre sus muslos, pero no es suficiente, necesito más.

Sus alas blancas se extienden en todo su esplendor y, como una parte más de él, sus plumas se unen a tan deliciosa experiencia. Desde mi nuca, por la espalda, acarician, trazan ligeras y cálidas caricias que hacen que mis uñas muerdan la carne de su delicioso culo.

—Sí, Rafael —gruño en su oído al sentir sobre mi abdomen el líquido preseminal que fluye de su anhelante glande.

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Poso mis labios sobre los suyo invitándole sin palabras a unirse a mi cruzada, tragando su gemido cuando nuestras lenguas se encuentran. Lo llevo conmigo hasta los pies de la cama y me subo a ella, instándolo a que me siga; y él lo hace.

Tumbada sobre la cama y abierta de piernas, dejando expuesto su sexo rasurado para deleite mío y de Rafael, nuestra sensual prisionera coge mi mano para posarla sobre su sexo. Su coño se siente como un volcán, listo para entrar en erupción, sus jugos deslizándose entre  los sensibles labios, preparándola para una invasión que está decidida a aceptar. Las alas de Rafael la tocan, subiendo por sus piernas mientras sus músculos se contraen por el contacto y el placer sensual que otorgan las suaves plumas.

Rafael sonríe y avanza lentamente hacia ella sosteniéndose en manos y rodillas. Su clara mirada se clava en la mía como un puñal de deseo y lujuria, lapidando cualquier rastro de conmiseración que pudiese quedar en mi interior. Como la serpiente del edén, repto por la cama de forma sibilina hasta posar mis lascivos labios junto a su oído, tentando a mi cándido congénere con mi susurrada voz, ronca por el deseo y la necesidad.

—Libérala de su angelical destino. Alimenta tu alma con la pasión que te ofrece su virginal cuerpo como lo hará la mía.

Su miembro palpita en mi mano izquierda mientras le prodigo caricias. Desde la base hasta el glande, recogiendo la humedad con el pulgar y extendiéndola a lo largo de su polla, dura como el mármol, suave como algodón. Mi mano derecha acaricia el resbaladizo y empapado coño de la criatura ante nosotros, empapándose mis dedos con su espesa crema cuando los introduzco en su cálido pasaje, rozando ese pedazo de cielo en su interior que hace que su cuerpo tremole, ofreciéndome el mejor de los regalos, su aceptación. Poso mis labios sobre los suyos, acariciándola con mi lengua hasta penetrar en su dulce boca, entregándole un pedacito de mi alma en este exquisito beso. La recompensa por lo que acabo de ofrecerle no tarda en llegar. Su útero sufre espasmos alrededor de mis dedos e inmediatamente los retiro y los llevo a mi boca, deleitándome con su aroma almizcleño y su sabor exquisito, inédito hasta ahora para mí y al cual sé que me volveré adicto. Obtengo una lastimosa queja por su parte al privarla de su liberación, pero pronto es reemplazada por un suspiro de placer cuando guío la erección de Rafael hasta su entrada y siente la punta roma de su glande presionar.

Ante mis ojos, el pétreo e ingente pene de Rafael, se pierde en el interior de su estrecha vagina, desapareciendo unos segundos para volver a aparecer. La erótica imagen de su talle impregnado por la deliciosa melaza hace que desee capturarlo entre mis labios y limpiar tan placentero manjar con la lengua. Darle placer a mi bello Rafael, hacer que se corra en mi boca y tragar la esencia de su liberación. Es un capricho que luego, cuando hayamos salvado la vida de la joven Sara, me concederé.

Rafael vuelve a hacer frente a su ardua tarea, su piel esta perlada por el sudor, su pelo se pega a su rostro y sus ojos destellan la salvaje necesidad de poseerla y que reprime para no dañar a la hembra. Se contiene, sus músculos tensados y su mandíbula apretada evidencian su tortura y aún así, sujetando sus caderas, embiste una vez más; despacio con férrea voluntad.

Por mi parte yo no reprimo mis instintos y aferrando mi dolorido pene comienzo a masturbarme ante la mirada cargada de gula de nuestra amante. Una sonrisa se dibuja en su ovalada cara y no necesito más invitación para pasar mi brazo bajo su cabeza y acomodarla para que albergue mi gruesa verga en su cálida boca. Sus suaves y rosados labios envuelven mi glande, resbalando por mi erección, raspando con sus dientes, humedeciendo con su áspera lengua. Una dulce y tortuosa caricia hasta hacer que mi miembro desaparezca casi por completo en su húmeda y cálida boca en el mismo instante que Rafael comienza a enterrarse en su cuerpo.

Conteniendo el aliento, nuestra dulce Sara, separa todavía más las piernas para aceptarlo por completo. Rodeándola con los brazos, y clavándole los dedos en las nalgas, Rafael la alza y establece un ritmo implacable, lento y profundo. Con cada envite se fricciona contra ese sensible lugar en su interior. Cada vez que la llena sus labios se cierran sobre mi polla ejerciendo una presión que me lleva cada vez más cerca a mi propia liberación, haciendo que folle su boca salvajemente.

El sonido errático de la respiración de Rafael, la forma en que ahora empuja, con más fuerza, más rapidez, constata que él también está cerca. Impregno mis dedos con saliva y acaricio su clítoris, enervando las terminaciones nerviosas de su rígido brote, haciendo que sus músculos se tensen y que los desbocados latidos de su corazón se aúnan a la demandante excitación que corre por sus venas.

—Ángel, córrete con nosotros.

Por un segundo la tierra deja de girar y el mundo deja de existir cuando su mirada reverbera la sumisión de su cuerpo. Somos tres seres sincronizados en una danza carnal. Alma y cuerpo se fusionan creando un estado de conciencia donde sólo hay cabida para el placer, llevándome de nuevo a ese lugar donde mis ataduras se rompieron y fui libre.

Alzando el rostro y conectando las miradas, Rafael y yo, rugimos como animales la llegada de nuestra liberación. Con un largo gruñido, y sin aflojar la fuerza con que la abraza, Rafael eyacula llenando a Sara con su semilla. Yo me derramo en lo más profundo de su garganta, ahogando su alarido de éxtasis y abandono con mi pene. Seguimos embistiendo hasta que los gritos y gruñidos dan paso a los gemidos y jadeos, hasta que nuestros movimientos se vuelven un lento vaivén. Liberándola de ambos miembros ya saciados nuestros cuerpos quedan completamente laxos tendidos junto a ella. Poco a poco, nuestras respiraciones se vuelven acompasadas, los latidos del corazón se ralentizan, trayendo la bienaventurada calma a nuestras almas.

Siento sobre mis labios una tierna caricia de dedos trémulos, los cuales reconozco antes de abrir los ojos. Beso sus dedos, la palma de su mano y mirándole a los ojos le trasmito el respeto y el amor que le profeso. Unas alas negras se alzan ahora en su espalda, alas que unidas a las mías nos envuelven en un manto de oscura y dulce rendición.

Hoy hemos conseguido salvar a una inocente criatura de una muerte temprana. Su alma pura, su cuerpo virginal ya no será reclamado para pertenecer a su corte de ángeles. Ya no estoy solo en la tierra, mi amado ángel caído Rafael será mi compañero. Serán muchos los que vengan a por nosotros, pero juntos libraremos la batalla, hasta entonces solo queda abrazar este paraíso de placer que nos ha sido brindado.

LIBERACIÓN

Deseo, pasión, anhelo, apetito. Excitación, ardor, fogosidad, impaciencia. Todo bulle en mi interior, pero ningún sentimiento es mío. Un torbellino de emociones que arrolla mi ser insensible, apático, indiferente.

Mis ojos cerrados me muestran los placeres que me han sido vedados. Cuerpos ensortijados, anudados en el delirio de la extenuación, aborígenes de su verdadera esencia. Siento sus caricias, lentas, apasionadas, también apremiantes y salvajes. Calientan mi fría piel de palidez marmórea erizando cada poro de mi cuerpo, convirtiendo mi sangre, hasta ahora inocua, en un rio de lava ardiente que recorre mis venas desenfrenadamente, bombeando en un corazón inerte, regalándole la vida que nunca le fue otorgada.

Sus jadeos y gemidos embotan mis oídos, un flujo de excitación recorre lo más profundo de mis entrañas. Verdadera música celestial salida de los libidinosos labios que conjuran el más bello cántico mientras cuerpo, mente y alma sucumben al éxtasis. Llega a mí el especiado y sensual aroma de la unión de sus cuerpos y mi boca, esa cavidad árida y vana, un dique que ha sido la contención a la tentación, comienza a resquebrajarse. Se revela a la pasividad en la cual he estado sumido durante milenios. Por sus fisuras se filtra el dulce sabor de su esencia, inundando mis sentidos, arrastrándome a un paraíso desconocido para mí, un Edén que nunca me fue revelado. Me dejo llevar por esa marea cálida y placentera de sensaciones que recorren mi cuerpo y él responde; mi cuerpo responde.

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Alzo mi rostro al cielo, apreciando la lenta y acompasada danza que mi nuez de Adán realiza a lo largo de mi tenso cuello, degustando el extraordinario sabor de la pasión. Siento el denso y salado fluido pasando por mi garganta, como lo hace por la de ellos, abrasando cada parte de mí a su paso, llevándose consigo la cordura, trayendo el deleite. Una energía poderosa me invade, recorre todo mi ser, una sensación electrizante que me hace sentir vivo. Mi cuerpo trepita, mis manos tiemblan  y mis piernas flaquean cuando todo ese poder congrega mi sangre, mi ansia y mi más ferviente deseo en un punto de mi cuerpo hasta ahora exánime.

Es el sutil toque de mis dedos sobre mis muslos lo que hace que las comisuras de mis labios se eleven. La suave caricia de mi lengua mojada recorriendo mis labios secos y entreabiertos lo que ensalza mi ansiedad. Mi mano sobre piel inmaculada, concediendo la apremiante y necesitada atención que mi miembro enhiesto y duro reclama, lo que roba el aliento a mis pulmones. Es mi propio deseo,  no sus emociones, lo que percibo, nacen de mí y no puedo resistirme, no quiero resistirme.

Envuelvo mi talle sollozante, una única lagrima perlada evidencia su lloro y, como tantas veces he observado en ellos, no me niego la dicha de poder ofrecer consuelo a tan gloriosa pena. Mano y cadera al unísono se unen en una coreografía sincronizada, lentas embestidas prodigadas a un fuerte puño de suave piel. Mi éxtasis aumenta, mi vaivén se acelera, imágenes encerradas resurgen del fondo de mi memoria. Dolor, sangre, muerte, la verdadera “Puta de Babilonia”, yo blandiendo mi espada, arrebatando la vida por orden divina.

Mi cuerpo trémolo, perceptivo, amenaza con arrojar toda esa energía que me ha estado consumiendo por dentro. Ansioso, ante el encanto de la satisfacción, prodigo una última caricia que terminará con mi espera, siento su llegada. Un grito mudo, estertores de placer, salen de mi garganta cuando mi mano es bañada por la calidez de la eyaculación, trayendo con ella la liberación y laxitud de mi cuerpo, el cual se rinde haciéndome caer.

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Apoyado sobre mi rodilla y con la cabeza gacha extiendo mis alas ahora negras y doy la bienvenida a mi nueva condición.

Estoy vacio por dentro, ningún lazo me une a él. Yo seré quien forje mi vida, a partir de hoy dejaré de ser su asesino. Vendrán a por mí, lo sé, pero hasta entonces un mundo de placer se alza ante mí y juro por Dios, como que me llamo Miguel, que disfrutaré de él.